16 junio 2024
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16 junio 2024

¿Cuál es el impacto ambiental de las macrogranjas?

Los ecologistas denuncian que estas instalaciones son muy contaminantes, además de almacenar a los animales sin unas mínimas condiciones de higiene y seguridad

Las macrogranjas han ocupado estos días los titulares de los informativos y han generado un gran debate social. Pero, ¿qué son las macrogranjas? Se trata de instalaciones de grandes dimensiones que pueden llegar a almacenar decenas de miles de animales, pero sin garantizar unas mínimas condiciones de higiene y seguridad.

A día de hoy no existe una definición oficial de qué es una macroganja, aunque el término lo utilizan especialmente organizaciones ecologistas y asociaciones medioambientales para referirse a las explotaciones ganaderas de dimensiones industriales, donde se aplica un sistema de producción intensivo.

La ganadería intensiva es aquella en la que los animales (cerdos, vacas, gallinas…) se alimentan de piensos y viven encerrados en naves industriales, sin poder salir a pastar al campo ni ver la luz natural. En las macrogranjas, los animales viven confinados en espacios demasiado pequeños como para alimentarlos en condiciones de salubridad y gestionar de manera segura sus excrementos. Algunos de estos animales, como los cerdos, viven en jaulas en las que no tienen espacio ni para darse la vuelta.

En ese sentido, los ecologistas las describen como “fábricas de carne” donde el ritmo de producción de cría y engorde es continuo. En un año, estas instalaciones pueden culminar hasta tres ciclos: es decir, una macrogranja con capacidad para alojar a 7.200 cerdos puede albergar hasta 21.600 animales en un periodo de 12 meses.

En el pasado, la mayoría de granjas estaban en manos de pequeñas explotaciones familiares. Pero desde hace ya algunas décadas, el modelo de negocio ha cambiado: ahora, las grandes empresas cárnicas son las propietarias del ganado y las instalaciones, y contratan a los ganaderos para gestionar las instalaciones y los purines (excrementos y residuos orgánicos generados por los animales) a cambio de un precio cerrado.

Además, en la mayoría de los casos, estas mismas empresas son las que gestionan los mataderos donde se sacrifica a los animales y se trocea la carne para envasarla. El objetivo es reducir los costes al máximo para conseguir el máximo de beneficios, aunque eso sea a costa de los animales.

¿Qué efectos negativos tienen las macrogranjas?

Las principales críticas a las macrogranjas se centran en su gran impacto ambiental. Por un lado, la descomposición de los purines emite gases contaminantes como el metano (CH4), el amoniaco (NH3) y el óxido nitroso (N2O), gases de efecto invernadero que contribuyen al cambio climático.

Por otro lado, los desechos se almacenan en grandes balsas y se utilizan como abono para las tierras, cuyo exceso puede acabar contaminando el suelo. Si estas sustancias se filtran hasta las capas subterráneas de la tierra, también pueden contaminar los acuíferos. Así es como las poblaciones que viven cerca de estas instalaciones ven sus tierras y agua contaminadas.

Los defensores de las macrogranjas aseguran que estas instalaciones siguen protocolos para cuidar del entorno natural y que favorecen la actividad económica en pueblos pequeños y zonas rurales. No obstante, lo cierto es que las macrogranjas acostumbran a tener pocos trabajadores porque muchos procesos están automatizados.

El informe Granjas industriales y despoblación, elaborado por Ecologistas en Acción, muestra que en los pueblos donde se han instalado macrogranjas no sólo no ha crecido el número de habitantes, sino que en muchos casos han perdido población.

Otra de las consecuencias medioambientales es la cantidad de agua que se utiliza para producir carne. Se calcula que un cerdo consume de media unos 12 litros diarios de agua, a lo que hay que añadir una cantidad todavía mayor para limpiar las instalaciones. Por último, el maltrato a los animales es otra de las razones por las que grupos ecologistas defienden reducir el consumo de carne.

Los gobiernos frente a las macrogranjas

La gestión de las macrogranjas y su impacto ambiental ha suscitado polémicas en varios países europeos, entre ellos España. El debate se ha intensificado a raíz de las declaraciones del Ministro de Consumo, Alberto Garzón, en una entrevista en el diario The Guardian, en la que criticaba las consecuencias de las macrogranjas en el entorno rural.

De hecho, a finales del año pasado, la Comisión Europea denunció a España ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (UE) por no cumplir con la legislación sobre la contaminación por nitratos, saltándose los requisitos establecidos en el Pacto Verde Europeo.

Aunque la preocupación social por las macrogranjas va en aumento, ningún país ha tomado medidas significativas para prohibirlas o controlar su actividad. En Francia, la primera potencia agrícola de la Unión Europea, el presidente Emmanuel Macron ha defendido la necesidad de transformar el modelo de producción y consumo; mientras que en Alemania, el segundo productor de carne de cerdo de la UE por detrás de España, el partido de Los Verdes propone reestructurar la ganadería ahora que forma parte del gobierno de coalición.

También en Estados Unidos la imagen de ranchos con animales al aire libre se ha sustituido por extensas naves industriales donde se hacinan cerdos, vacas y ovejas. Cuatro grandes empresas controlan el mercado agrícola y de producción de carne, constituyendo un verdadero oligopolio. Como son los principales proveedores del país, estas empresas imponen sus propios precios en detrimento de los pequeños ganaderos y agricultores.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, junto al senador Corey Booker, ha impulsado la propuesta de Ley de Reforma del Sistema de Granjas, que tiene como objetivo impedir la apertura de nuevas macrogranjas o expandir las que ya existen.

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