20 mayo 2024
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20 mayo 2024

La industria del voluntariado turístico

Hacer un voluntariado permite viajar y conocer realidades muy diferentes, pero a menudo es una forma de hacer negocio con la pobreza y las desigualdades

¿Estás pensando en irte como voluntario este verano? Viajar a otro país para realizar una estancia de voluntariado es una oportunidad para conocer otras realidades diferentes a las que nos rodean y también nos puede servir como aprendizaje vital. Estos programas, organizados en su mayoría por ONG y asociaciones locales, buscan ayudar a comunidades en riesgo de exclusión social o que viven situaciones límite. Pero, ¿son todos los programas de voluntariado iguales? 

En los últimos años se ha puesto de moda el conocido como volunturismo, un tipo de voluntariado que consiste en realizar viajes breves, entre pocas semanas y un mes, para realizar algún tipo de trabajo de cooperación al mismo tiempo que se hace turismo en el país de destino. Este tipo de viajes suelen estar organizados por agencias de viajes especializadas que hacen negocio con estos programas de voluntariado y acostumbran a diseñar itinerarios ajustados a las peticiones de los clientes. El precio de estas “experiencias” puede costar entre 900 y miles de euros, según el destino y la duración del viaje.

Se calcula que los turistas-voluntarios gastaron en este tipo de viajes entre 930 y 1.450 millones de euros durante el 2019, según datos del Centro para la Promoción de las Importaciones de los Países en Desarrollo (CBI, por sus siglas en inglés). Ese mismo año, el voluntariado fue la tendencia de viaje número uno en el buscador de viajes Booking.com.

La figura del voluntario-turista, normalmente un joven blanco, procedente de un país europeo y con recursos económicos, está en auge y abre el debate sobre la utilidad de viajar a miles de kilómetros para desempeñar labores y tareas para las que no se está cualificado ni se requiere experiencia previa. A menudo, este tipo de agencias de voluntariado priorizan las necesidades de los voluntarios (alojamiento, higiene, excursiones…) antes que atender los problemas reales de las comunidades de acogida. 

Los problemas de los países del llamado Sur Global (donde se ubican la mayoría de países y regiones con menos recursos) son demasiado complejos, duraderos y culturalmente específicos como para cambiarlos en un viaje breve, y requieren de personal cualificado que conozca el entorno. Por ese motivo, participar en un voluntariado no debería ser sinónimo de irse de vacaciones, sino de vincularse con organizaciones y entidades que trabajan en colaboración con las comunidades locales por una causa justa.

El síndrome del “salvador blanco” 

El síndrome del salvador blanco es un concepto que suele utilizarse para describir a las personas que hacen voluntariado. Se define como la necesidad de las personas blancas de “ayudar” a aquellas que no lo son, situándose en una posición de superioridad moral. Este concepto está ligado a la época colonial, durante la cual los europeos tenían la misión de “civilizar” a las poblaciones del continente africano. 

Las personas más críticas denuncian que los voluntariados fomentan una relación desigual en la que las personas racializadas no tienen ni voz ni voto. “Sé más que tú y he venido a salvarte” sería el resumen de este tipo de actitudes.

Una de las consecuencias de este tipo de voluntariados es que refuerzan los estereotipos sobre las poblaciones locales, como sucede con la romantización de la pobreza. Frases del estilo “no necesitan nada para ser felices” dan a entender que vivir sin los recursos materiales suficientes es una elección, cuando en realidad la pobreza es una vulneración de derechos humanos

Por otro lado, los voluntarios o voluntarias a menudo participan en tareas de construcción o limpieza de entornos naturales como fuerza de trabajo, lo que provoca que se deje de contratar a personal local para realizar estas tareas. Esto se ve muy claramente en el sector de la educación, donde se priorizan a voluntarios de habla inglesa para dar clases de idiomas, sin tener en cuenta si tienen una formación pedagógica

¿De qué otra manera podemos ayudar?

No es necesario viajar hasta la otra parte del mundo para ayudar a personas en situación de exclusión social. De hecho, la pandemia de covid-19 ha evidenciado que también existen desigualdades y falta de oportunidades en los países ricos, y que nuestro entorno más cercano puede ser el punto de partida para realizar labores de voluntariado.  

Las organizaciones y entidades del tercer sector insisten en la importancia de establecer conexiones con el tejido social de nuestro barrio, donde también viven personas con necesidades materiales y afectivas no cubiertas. Una opción podría ser colaborar con comedores sociales, en el reparto de alimentos o bien como monitor en centros culturales ayudando a niños y jóvenes con los deberes o amenizando su tiempo libre. 

Otra opción es hacer donaciones económicas a organizaciones profesionalizadas que ya están instaladas en otros países y que trabajan con personal local que conoce bien la zona. Aquí lo más importante es que estas organizaciones puedan asegurar un seguimiento de calidad de las actuaciones que se llevan a cabo. 

Si aún así decides irte de voluntario a otro país, es importante reflexionar sobre los motivos que te llevan a ello. El propósito del viaje no puede ser únicamente una cuestión de crecimiento personal o de experiencia de vida, sino que debería vincularse a mejorar la vida de las comunidades de destino. 

En ese sentido, existen programas de voluntariado estructural, que son de larga duración y están integrados dentro de programas más amplios de cooperación y desarrollo. Es el caso de programas como el del Servicio de Voluntariado Europeo (SVE), coordinado por el Youth Solidarity Corps a través de distintos organismos y entidades de ámbito local en Europa. 

El afán por mostrarse en redes sociales

¿Quién no ha visto alguna vez la típica imagen de una persona blanca rodeada de niños racializados sonriendo? Cuando se acercan las vacaciones de verano, este tipo de publicaciones aumentan en las redes sociales, que se han convertido en el principal altavoz del volunturismo. Desde personas anónimas a influencers y famosos que cuelgan fotos y vídeos en sus perfiles, o que incluso elaboran merchandising sobre su experiencia como voluntarios. No obstante, también existen perfiles en redes sociales que intentan contrarrestar esta imagen estereotipada y que ponen en cuestión si es ético fotografiar a niños menores de edad o a personas en situaciones de sufrimiento o vulnerabilidad. Un ejemplo es la cuenta de Instagram Barbie Savior [Barbie salvadora], creada por un grupo de cooperantes en el continente africano que, con un tono satírico y utilizando muñecas, reconstruyen situaciones reales protagonizadas por voluntarios.

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