15 abril 2024
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15 abril 2024

Economía con gafas violeta

El feminismo invita a repensar la economía para que se ponga al servicio de la vida humana y del planeta en lugar de centrarse solo en la búsqueda de beneficios

Carmen Castro-García, doctora en Economía

El concepto de la economía convencional se queda corto cuando pensamos en cómo discurre el día a día de gran parte de la humanidad. 

Lo primero que suele venir a la cabeza cuando se habla de economía son palabras como dinero, mercados, empresas, empleo, prima de riesgo, bancos, deuda o PIB. Y ello influye en cómo se suele entender la disciplina: como si se ocupara solo de las actividades y relaciones que se establecen e intercambian a cambio de dinero. Pero esta es una idea incompleta y algo tramposa, puesto que omite actividades y relaciones fundamentales para la continuidad de nuestras vidas, la de los seres humanos y del planeta.

La economía convencional tiene sesgos. Uno de los más evidentes deriva de la idea de sujeto estándar que utiliza: hombre, blanco, burgués, heterosexual, sano, con plena funcionalidad, en edad media productiva, urbano y con ingresos medios. Esta idea deja fuera a más de la mitad de la población, las mujeres, así como a la parte de hombres que no encajan en ese estereotipo. El mismo sesgo se reproduce luego en los análisis económicos. 

Otra economía 

Para ver más allá de lo que cuenta la economía convencional conviene cambiar la mirada y la forma en que analizamos la realidad. Así es cómo se pone de relieve que hay otra economía, invisibilizada, que se encarga de otras cosas: preparar alimentos, de cocinar, de limpiar, de cultivar el huerto, de parir, de cuidar, de remendar la ropa, de dar aliento y soporte afectivo, de acompañar emocionalmente en las diferentes etapas de la vida y con especial intensidad en los momentos de mayor fragilidad y dependencia, de facilitar tiempo, tranquilidad y cuidados a quien se enfrenta a un periodo de transición en su vida, a quien ha de gestionar la pérdida de un ser querido, preparar sus oposiciones, escribir un libro y un larguísimo etcétera.

Todas esas actividades contribuyen al bienestar y prosperidad, aunque no se intercambian por dinero ni aparecen en las estadísticas de la producción de bienes y servicios. Son mujeres fundamentalmente quienes realizan estas otras actividades, mayoritariamente dentro de los hogares y de forma no remunerada. Ocurre en todas las partes del mundo y conforman esa otra economía que permanece oculta a las estadísticas oficiales, aún cuando resulte esencial.

La existencia de esa doble economía se identifica, por ejemplo, a través de la imagen de un iceberg: en la parte visible del mismo estarían los procesos del sistema capitalista, el mercado y la producción (economía productiva), mientras que las tareas reproductivas y de cuidado de los seres vivos que sostienen la economía llamada productiva, quedan en la parte sumergida, ocultas de la superficie. 

El hecho de que el trabajo realizado desde los hogares haya sido omitido en los análisis de la economía convencional empuja a muchas autoras y economistas a insistir en la necesidad de contarlo, contabilizarlo y reconocer la aportación de las mujeres a la creación de valor, bienestar y prosperidad para la convivencia humana. La invisibilidad del trabajo no remunerado y del volumen de lo que se produce e intercambia como prestación de servicios, dentro de los hogares y fuera de la esfera mercantil, impide el conocimiento y una mejor comprensión de las relaciones económicas en general y de cómo se construyen las desigualdades de posición y oportunidades entre mujeres y hombres. 

Redefinir la economía

De ahí la importancia de aplicar la lente violeta: descubrir esa otra economía y redefinir su objeto mismo, pasando de la búsqueda del beneficio a la provisión y el bienestar a través de dos ejes:

1) cómo se van a cubrir las necesidades de las personas (materiales, emocionales y espirituales).

2) la igualdad y equidad como criterio de justicia del reparto de recursos, oportunidades y resultados o beneficios. 

Es decir, integrando lo que realmente importa para sostener la vida y no solo aquellas actividades que hacemos a cambio de dinero o de un salario en el mercado. En este proceso las preguntas también cambian en su forma y orden: ¿cuáles son las necesidades que hay que satisfacer para todas las personas?, ¿cuáles son las producciones necesarias?, ¿cuáles son los trabajos socialmente necesarios para conseguir satisfacer dichas necesidades? y ¿quién se encarga de hacer dichos trabajos y a cambio de qué?

Cuando el análisis económico se realiza desde otras miradas alternativas, como la feminista, el cometido de la economía se transforma para hacerse cargo de la vida, de reforzar y cuidar la forma en que nos relacionamos con otros seres vivos y con el planeta en su conjunto. 

Esto pone en cuestión que sea posible mantener un crecimiento económico continuo, aún cuando sea explotando y expropiando capacidades humanas, capacidades reproductivas y la vida misma del planeta, sin considerar qué efecto puede tener sobre las necesidades humanas y del planeta.  

Los cuidados: una necesidad social

La economía feminista surge como corriente crítica al pensamiento económico convencional y aporta alternativas para propiciar la transformación social, a través de la plena participación y decisión de las mujeres en todos los ámbitos, así como una propuesta política para la sociedad en su conjunto. 

La incorporación de la igualdad como principio ético-político y el logro colectivo de una vida plena son ingredientes clave de estas propuestas; entre ellas es importante destacar la consideración de los cuidados como una necesidad social

Toda sociedad ofrece y requiere de cuidados. La clave es cómo los atendemos y quién se encarga de proveerlos. Cómo decidimos organizarlos viene determinado por los valores asentados socialmente, por quién se espera que desempeñe dichas actividades, mujeres y/u hombres y cómo afecta el reparto de papeles al funcionamiento económico. 

El tradicional reparto de expectativas y papeles asignados a hombres y mujeres provoca un desequilibrio tanto en la carga de trabajo como en el desigual valor de las habilidades y trabajos realizados. En el reparto tradicional de papeles las mujeres han asumido la responsabilidad de hacerse cargo de los cuidados (mayormente no remunerados), por lo que, la sociedad en su conjunto tiene una deuda histórica con las mujeres. Un indicador de gran utilidad es la brecha de cuidados, determinante de las otras brechas existentes por cuestión de género (empleo, salario, puestos directivos, participación política, etc.) que miden la desigual posición de las mujeres en comparación con la otra parte de la población.

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